lunes 12 de octubre de 2009

Flor de otoño (Extracto)


Martes 25 de abril

Hoy me ha sucedido un hecho muy especial, tanto así que sólo evocarlo me hace sentir aquellas fragancias aterciopeladas de una chica que a su vez era todo un misterio. No lo digo sin fundamento, puesto que bastaba sólo contemplar su andar grácil y apacible para saber que era una chica poco común, quizás incluso un ángel caído del cielo y por qué no decirlo, una diosa en su esplendor eterno.



Han pasado tres años desde que la conocí, jamás olvidaré el nombre de aquella flor que inundó mi vida de esperanza, pero que el destino implacable se encargó de apartar, son innumerables los sentimientos que viví en su búsqueda, se tornan perennes los recuerdos del instante que la vislumbré. Fue en una época como ésta donde percibí los vestigios del amor, una felicidad inocente me embargó en aquel período, el que a su vez estuvo marcado por la ruptura, la que inevitablemente me llevó a la nostalgia; una desavenencia de la vida, que se produciría después de una incesante búsqueda, que me deparó a los infaustos brazos de la muerte.


Fue el frío atardecer de otoño el que condujo mi vida por sendas inusitadas. Fue aquel veinticinco de abril cuando escribí en mi diario de mano los sentimientos que provocó aquella inesperada mujer que apareció en mi vida y que cambió mi sentir, mi forma de pensar y más aún, mi modo de amar. Antes de conocerla nunca había experimentado tales sensaciones, no sabía que era capaz de entregar todo mi existir por alguien que sólo había visto una vez, pero que caló hasta la profundidad de mi alma con su mirada. Bastó contemplar sus ojos para saber que ella era el complemento perfecto para un corazón que se había preparado durante toda su vida para amar, un corazón desahuciado y condenado a amar irremediablemente hasta el último soplo intermitente de vida y que había sido acompañado por siempre de unos sentimientos tórridos, que eran capaces de arrasar y traspasar las barreras del mundo y la vida si era necesario, por el solo hecho de sentirse correspondido, aquél fue un amor que tuvo su encuentro en los reveses del destino y su quiebre en el hálito de un abismo. Fue una felicidad incorpórea, que sólo duró lo que la inocencia de un púber al despertar a la adolescencia, había creído en aquel entonces que el amor todo lo podía, que triunfaría ante cualquier obstáculo, pero nunca entreví la fatídica muerte y cómo ésta puede arrebatarte aun lo que más quieres.


Observo cada palabra escrita a la sazón de ese momento inmemorial, se me aglutinan una vez más en mi mente todas las sensaciones vivenciadas en un tiempo que me parece fuese el de ayer, se vaticinan pasajes de mi vida, se me presentan tan vívidos como se me han manifestado siempre desde que la conocí, siento cómo eran mis paseos de antaño, presiento la configuración de mis pasos, mi adosado andar que se dejaba conducir por la costumbre, advierto las calles continúas a la plaza de armas, en lo que era mi típica rutina de otoño, una estación muy triste, que su permanencia es capaz de amargar a cualquiera. Quizás para ciertas personas sea una estación ordinaria, que transcurre igual que los monótonos días de su vida, pero para mí no lo es, en efecto, el otoño es una época desoladora, donde la naturaleza tortuosa padece los estragos que el viento ocasiona, es un tiempo repleto de congoja donde los gorjeos de las aves se tornan consternados, donde el último pétalo de rosa se deshoja y con ella la esperanza del amor se esfuma.


Antes de aquel extraordinario encuentro que cambió mi vida, no creía en el amor, pese a ello me habían embargado durante cada milésima de mi existencia, profundos sentimientos que me motivaban a querer conocer aquello que ansiaba con mucha avidez, pero que aún no se había dado la ocasión de experimentarlo, por eso sentía que aquella mujer, representaba a todo el género femenino, era única, pero a la vez lo era todo. Ella venía a llenar la oquedad de mi corazón, incluso más, acrecentaba toda mi experiencia, que en concordancia con la de ella, constituía una unión indisoluble. Sin embargo, la vida te enseña a comprender que todo lo idílico posee un final y que el tiempo es efímero tal ocaso de estrella fugaz en la inmensidad del firmamento. Además, siempre había pensado que el amor, era una mera ilusión que sólo alcanzaban aquellos hombres y mujeres cándidos que no viven más que añorando su príncipe azul o la poetisa de sus sueños. Más aún aquella tarde de otoño no me motivaba nada fuera de mi rutina, que no consistía más que en mi transitar errante por las calles del centro de mi ciudad, situación que en cierto modo me reconfortaba, ya que aquella persistente soledad que me abruma, encontraba en el clímax de las tiendas comerciales, en el apogeo del patio de comidas, en el automatismo de las personas subiendo y descendiendo escaleras, un sentimiento hedonista quizás, sí creo que incluso podríamos denominar placer a aquel sentimiento provocado por el hecho de no sentirse solo ante personas que consumen encarnecidamente, pero que permanecen allí, en la compañía de tu soledad.


Estaba en plenas cavilaciones cuando atisbé en un recóndito banco del centro comercial, a una muchacha que me deslumbró. Su pelo de un negro azabache, ondulaba furtivamente sobre sus mejillas de un blanco traslúcido, quedé atónito; literalmente boquiabierto. Quedé absorto, mientras contemplaba cómo ella discaba vertiginosamente los dígitos de su celular, luego tras breves instantes se levantó presurosamente del sitio en que se encontraba y se dirigió en dirección a donde yo permanecía anonadado. Sin embargo, siguió su etéreo caminar en dirección a la salida. En un intento de reponerme alcancé a vislumbrar sus ojos, no obstante, aquella primera impresión de su danza celestial no se asemejaba en nada a la tristeza que emanaba de sus opalinas y los suspiros de un sollozo, cuya lágrima cayó al suelo como una gota en la hondonada del mar.


Al despertar de aquel ensueño en que permanecí un instante que me pareció toda una eternidad, me percaté que en el sitio en que se encontraba aquella espléndida mujer, había una especie de tarjeta. Me acerqué lo más raudamente posible que mi condición física me permitía, hasta que logré asir el borde y la puse en mis manos. Era una tarjeta que anunciaba el nombre de Gardenia Miraflores; ¡qué nombre más poético para una damisela como ella! Es increíble pensar cómo una flor de semejante talante podía andar por esos lugares, sin duda alguna, ella era mi flor de otoño y su fragancia hacía palpitar hasta la extenuación de los latidos mi corazón, que ahora sólo la rememoraba a ella.


Pero aquella tarjeta no sólo contenía el nombre arrebatador de mi flor de otoño, también aparecía un número telefónico y la notificación de lo que me pareció ser el nombre de una empresa, versaba “Gardenia y asociados”. Quería llamarla, decirle cuán hermosa era, cuán especial había sido para mí en aquella tarde solitaria de mi rutina, ansiaba dar el siguiente paso para un posible rencuentro, pero vacilé. Y no fue hasta el día siguiente, que me aventuré en una visita a su empresa. Fui tan cobarde, que ni si quiera me atreví a llamarla. ¡Qué mísero de mi parte! aún hoy me arrepiento por no haberlo hecho, quizás todo hubiese sido distinto.


La noche anterior a mi incursión por los territorios de Gardenia, sobrellevé una intensa agonía de espasmos y pensamientos febriles. Aquella noctámbula noche, me sumí en un estado insomne, del cual no me repuse hasta la manifestación boreal del alba que con sus centelleantes rayos de sol ocasionó en mi ser un letargo profundo, que me sumergió en un sopor sempiterno.


Cuando al fin logré dormitar, tras la intensidad inverosímil de la que tal vez fue la más fascinante y delirante noche de mi vida, se me presentaron una serie de imágenes y situaciones que en un primer momento no tenían gran sentido. Iba por el centro de la ciudad, tal cual mi costumbre, pero algo peculiar estaba sucediendo, todo lo que me rodeaba parecía estar en sombras, era un ambiente tétrico y lúgubre, un mundo que permanecía en una penumbra absoluta. Por tal motivo, las personas que se presentaban en mi sueño, aparecían como sombras negras, de las cuales incluso yo adquiría una sutil monocromática plateada. En un intento de escabullirme de aquel lugar y de aquellos seres silenciosos, enigmáticos y aterradores, me dirigí en búsqueda de un sitio más ameno, no sabía qué era lo que precisamente buscaba, pero un ímpetu profundo, que emanaba de lo más hondo de mis entrañas, me hacía continuar.


Corrí lejos, avanzaba a pasos agigantados a un objetivo que me llamaba con una voz melodiosa, semejante al canto de las sirenas que conduce a los hombres aventureros a territorios inexplorados. Era un susurro agónico, desesperado, pero a la vez enternecedor; quien lo producía parecía necesitarme tanto como yo. A medida que me acercaba más, el sonido estertóreo que había escuchado desde un principio, se tornaba esperanzador y a intervalos armónicos que acrecentaban su intensidad. Seguía en mi acelerado andar, sin detenerme hasta que mis ojos se cautivaron en la belleza sublime de un paraje inhóspito, reverdecido por una naturaleza fantástica.


Se percibía una vegetación arbórea disímil, entre las que alcancé a destacar el penetrante aroma del boldo, la pureza blanquecina de la patagua, el nacimiento de los robles que se extendían a campo traviesa y deleitaban con su floresta. Me sorprendió el fulgor de la adesmia inquieta, la majestuosidad del canelo, que me trasladó a épocas ancestrales, cuya procedencia me infundió paz y tranquilidad. Encontré en aquel árbol un vínculo y comprensión de mi interioridad que parecía albergar una cadencia acompasada a mis sentimientos, aquel primor natural me remontaba a mis orígenes, me invitaba a refugiarme en sus raíces, cobijarme bajo sus cálidos ramajes, a beber e inundarme del néctar de la vida que me prodigaba su savia, ansiaba quedarme en la unión íntima con aquel lugar paradisíaco, de cuya espesura brotaban aves de tonalidades alucinantes, azul agua marina, rojo carmesí, verde esmeralda, amarillo crepúsculo, que alcanzaban matices tornasolados que se confundían con el diáfano fluir del arroyo que rodeaba serpenteando el vasto terreno en que me encontraba.


Me sentía reconfortado, sentimientos de regocijo y júbilo abrasaban mi corazón, que adquirió una dicha inefable al escuchar nuevamente la voz de la musa inspiradora y conductora de aquel maravilloso lugar. Pero al contrario de los sollozos y el trémulo llamado que me había encaminado hasta aquel esplendoroso bosque, esta vez, se percibían alborozadas risas joviales, que no hacían más que embellecer la lozana plenitud de una doncella, que pese a que sólo la había visto una vez, parecía como si la hubiese conocido desde siempre. Sin embargo, me pareció sumergirme en un estado que se me presentaba vivido anteriormente, estaba absorto y sin movilidad alguna, la deseaba, anhelaba poder comer de aquel fruto prohibido y probar aquellos labios de un rojo escarlata que me seducían de un modo apetecible.


Cuando logré alzar la voz para llamarla, ella se volteó y me miró triste, luego de aquel gesto que me perturbó, se fue en su caminar ligero, de andar grácil y sereno. Corrí tras ella, anduve hasta el límite de mis fuerzas, hasta caer como niño desamparado, de bruces al suelo. Pero algo captó mi atención, era una flor que refulgía en su magnificencia, me acerqué hasta que pude observarla con mayor detalle, no había duda, era una Gardenia, aquella flor de tan admirable albor, que desde sus inicios emergía con una blancura cristalina, que con el tiempo adquiría un matiz níveo que rebosaba hermosura y pretensiones de amor. Permanecí contemplando cada uno de sus rasgos, hasta que un ruido ensordecedor, provocó que todo cuanto me rodeaba, quedara envuelto en una neblina, para luego brillar con suma intensidad.


El estridente sonido que emitía la alarma del reloj de mi velador, indicaba las doce en punto, fue un intenso despertar, aún estaba entregado en cuerpo y alma a la belleza de aquel último sueño, hubiese preferido volver a sumergirme en aquel mundo que poseía un encanto único, pero todavía invadían mi mente las imágenes de una Gardenia, flor de magnífica tersura que me había cautivado. Luego tras breves instantes y en un intento de incorporarme a la realidad, me levanté de mi lecho, aún con modorra, pero con una perspectiva de la vida distinta, comenzaba a creer en las ilusiones que a veces nos presenta la vida, una ilusión que tenía por nombre amor, al cual mi corazón se entregaría hasta consumar las llamas incandescentes de la pasión, desatada por aquella espléndida mujer que tenía por nombre Gardenia, mi flor de otoño que me acompañaría por siempre hasta el final de la eternidad.


Recuerdo que ese día me levanté con un ánimo descomunal, poco habitual en mí, pero de cuya procedencia estaba clara y aquello fue lo que me motivó a efectuar una hazaña que si no la realizaba, quedaría sumido en la tristeza de por vida. Tenía que hablar con Gardenia y cuanto antes mejor, aunque sólo consiguiera escuchar su voz. Entre más tiempo pasaba, más la necesitaba, fue por ello que sin pensarlo busqué en mi velador la tarjeta que había encontrado tras aquel encuentro, la revisé y marqué el número que allí aparecía señalado. Me contestó una agradable voz femenina, que tal como anunciaba la tarjeta, decía pertenecer a “Gardenia y asociados”, no sabía qué decir, me quedé sin habla unos instantes, pero luego me repuse y logré articular algunas palabras.


-Buenas tardes, necesito hablar con Gardenia Miraflores – Pronuncié lo más relajado posible, aunque en lo más interno de mí, sabía que ello era imposible.


-Ella no se encuentra en estos momentos, pero si gusta puede dejar algún recado. – El tono apacible que empleó, sólo dejaba entrever la monótona contestación que como secretaria estaba acostumbrada a usar.


Pese a la respuesta de su secretaria, no me rendiría, insistiría en mi propósito, debía verla, escuchar su voz y decirle cuánto la amaba y que ella era la dueña de mi corazón y que estaba dispuesto a ofrecerle mi vida si era necesario.

-No, gracias. Prefiero ir personalmente, ¿en qué horario la puedo encontrar? –Pregunté con un tono zalamero, a fin de obtener mayor información al respecto.


-Ella por lo general viene en las tardes, de hecho hoy tiene concertada una cita a las cinco, que está contemplada sólo por una hora, así que a las seis puede ubicarla. ¿Desea reunirse con ella en ese horario? – Respondió de un modo afable, cuya respuesta me favorecía un montón, ya que hoy sería el gran día, podría conocerla en mayor profundidad, pero ello no me tranquilizaba, al contrario, me ponía muy nervioso, no estaba acostumbrado a citas y menos con una mujer como ella, pero debía reconocerle mi amor. Daría lo mejor de mí.


-Sí, me parece perfecto. –Contesté espontáneamente.


-Entonces a las seis está concertada su cita. Como recomendación, no llegue tarde, puesto que ella es una mujer muy puntal, aunque comprensible a la vez, pero últimamente ha tenido un tiempo muy limitado. ¿Tiene la dirección de la empresa? –mencionó todo aquello de un modo tan apacible y eficiente, que ya había logrado tener luces de lo que me esperaba, ello amenizaba un tanto el estado en que me encontraba.


-Muchas gracias por la recomendación, estaré ahí incluso antes de lo previsto. Pero no tengo la dirección, ¿cuál es? – Dije con un sonsonete que dejara descubrir mi gratitud.


-Tome nota. Avenida Martines de Rozas, número 2504. –Aquéllas fueron las últimas palabras de mi conversación con la secretaria, luego todo sucedió muy deprisa, ocurrieron muchas eventualidades.


Me sentía imbuido por un gran entusiasmo, ya que ese día comenzaba siendo uno de los mejores, como nunca había tenido uno antes; quizás fuese la esperanza por conocer al amor de mi vida, tal vez era la ilusión que aún mantenía de su belleza cegadora, pero ante todo parecía ser el hecho, que todo cuanto pensaba y sentía me recordaba a ella, mi flor de otoño. Jamás mi mente y corazón habían sincronizado de modo tal como lo hacían ahora, ambos estaban vinculados por un mismo hilo conductor, el que entrelazaba mis pasiones emocionales y mi ser racional que intentaba ser lo más objetivo y realista posible, ante las posibilidades de ser correspondido, hoy lo daría todo.


La mañana transcurrió de una manera muy fluida, lo primero fue buscar el traje más adecuado para la ocasión, no sabía qué utilizar precisamente, pero sabía que debía ser uno que no fuera excesivamente formal y tampoco uno común. Así que abrí mi armario y hurgué entre las pilchas que allí se hallaban, luego de una rápida inspección, llegué a la conclusión de que no tenía nada adecuado. Tendría que ir de compras, el drama de mi vida, nunca me había gustado hacerlo.


Me dirigí al baño y tomé una relajante ducha que estremeció cada músculo de mi cuerpo, no es que tuviera una musculatura prominente, pero al menos no era fofo, más bien me encontraba en el término medio. Luego me vestí prestamente con la primera prenda de ropa que encontré, el desayuno no sería muy alentador, puesto que mis conocimientos de cocina sólo alcanzaban una instrucción rudimentaria, aunque me había propuesto aprender algunos trucos gourmet. Si querría sorprender a Gardenia más adelante, tendría que ponerme en práctica, pero por ahora prefería desayunar en algún refectorio del centro.


Al llegar al patio de comidas del centro comercial, me decidí por uno de comida más hogareña, desayuné tranquilamente una tarta de manjar con aderezo de almendras y frutos rojos, tales como frutillas y guindas, lo que decidí acompañar con un jugo natural de mango y algunas galletas de nuez moscada. Tras haber saciado mi apetito, estaba preparado para la eminente tarea que tendría que emprender, si salía victorioso de aquella afrenta, sería realmente uno de los logros más honrosos de mi vida, las raras veces que había ido de compras nunca había logrado estar más de cinco minutos en el sector de vestuario, era un sitio incompatible conmigo, pero si lograba vencer la odisea de mi vida, alcanzaría una recompensa sin precedentes, que Gardenia se fijara en mí. Me bastaba al menos con que no pasara desapercibido para ella.


No sabía a cuál ir, sólo conocía una tienda de vestuarios y para acrecentar mi dilema, ahí había comprado todo lo que tenía, en suma nada más allá de un par de combinaciones de indumentaria, bastante informales para la ocasión. ¿Qué podría hacer?, cada vez me quedaba menos tiempo para pensar si quiera, lo mejor sería preguntar por alguna o recorrer rápidamente las atestadas calles de mi ciudad, sólo me salvaría un milagro.


- Oh!! Darío Custodio, ¿eres tú? –Una amena voz femenina había pronunciado mi nombre, ¿quién sería?


- ¡Alma! –Mi impresión al ver a mi amiga de tantos años, me dejó pasmado.




-Mi ángel guardián, ¡qué gusto volver a verte!, tanto tiempo sin saber de ti, ¿qué te habías hecho? –Se acercó efusivamente y extendió sus abrazos hacia donde yo estaba.


- ¡Qué bella estás!, te he echado de menos, ¿cuánto tiempo ha pasado?, ¿dos años? ¿tal vez más?, siempre me acuerdo de ti y de tus cálidos y acertados consejos –Estaba tan feliz de haberla visto nuevamente, era la mejor amiga que jamás había tenido, siempre había estado allí para apoyarme, al menos antes de su noviazgo.


-Tres años para ser precisa, ¿acaso no te acuerdas?, ¡OH! ¿Lo has olvidado ya?, hoy es mi tercer aniversario de bodas, con Rafael decidimos pasar un par de semanas acá, para recordar los lugares en que se originó nuestro amor, aunque no lo creas, en Europa no hubo ningún día que no recordara mi país natal, mi Chile querido. –Se le veía tan fascinada y radiante, sin duda era la misma Alma que había compartido mi vida de antaño, la más afable y sincera amiga que había tenido, me hacía falta.


- ¡Cuánto lo siento!, cómo pude olvidarlo, ¿me perdonas?


- Tendrás que hacer méritos, ¿qué tal si vamos a tomar un café, para subsanar tu olvido?


- qué más quisiera yo, pero hoy tengo una cita y pretendo ser puntual, de hecho ahora iba de compras, tengo que comprar ropa, ya sabes cuán despreocupado soy en cuanto a este tema, pero esto lo ameritaba. –Le dediqué una sonrisa desganada.


- No porque sea tu amiga no te lo diré, pero no llevas muy buena pinta que digamos, así que tendrás que acompañarme, ya me lo agradecerás. –Me dedicó un mohín burlón y me dejé conducir a regañadientes.


- ¿Dónde vamos?, tienes idea al menos – Me miró muy seria tras mi pregunta.


- Al parecer no es lo único que has olvidado Darío, no recuerdas acaso mi pasión por la estética y la moda, para tu sorpresa en Europa he erigido una tienda de alta costura y se me ha dado muy bien, estás hablando con la fundadora de la boutique “Ángel de mi alma”. Y no te rías del nombre, pero como te imaginarás fue pensado en ti. – Su sonrisa era muy jactanciosa.


- No me cae en gracia tu broma, ¿no hablas en serio cierto? – Aquello no me lo esperaba.


- Por supuesto que sí, de hecho entre mis sueños siempre estuvo el de tener mi propia tienda y poder desarrollarme profesionalmente dentro del área de la moda y el diseño. Lo mejor de todo fue que Rafael me apoyó en mi proyecto de construir la boutique y cuando se me presentó aquel problema del nombre, no lo dude dos veces y pensé en quien más lo necesitaba y ahí apareces tú, nadie más que tú necesita asesoría para vestirse, basta sólo verte. – Su sonrisa ahora se había tornado en un sin fin carcajadas, pero que lejos de hacerme enojar, me dejaron entrever la esencia de mi amiga, la familiaridad de sus palabras y aquella sonrisa suya, capaz de contagiar al más adusto de los mimos que te podías encontrar y al igual que ella, acabé en carcajadas.


- Vaya, ya lo creo. Tienes razón, soy un caso perdido, ya sabes que mi estilo es y será siempre el mismo, unos jeans y una camisa, con eso me conformo, para qué más, los hombres no necesitamos más que eso. – Cuando se lo dije sus ojos se le abrieron como platos.


- ¡Qué machista eres!, estás muy equivocado, todos necesitamos ir bien vestidos tanto hombres como mujeres, constituye parte de nuestra identidad, de hecho si no te conociera, podría dilucidar muchos aspectos de tu vida y carácter con el solo hecho de ver cómo te vistes. No sé si sabías, pero existe todo una visión psicológica a partir de la vestimenta, en primer lugar un determinado color puede influir en tu estado anímico, de hecho es más, se puede conocer no tan solo tu personalidad, sino que también tu nivel cultural, ambiciones, pasatiempos, lugar de origen, gustos musicales, condiciones físicas, hasta algún tipo de complejo.


- Como siempre, tú ganas. Pero me sorprende cuánto sabes, realmente esto es tu pasión, yo no podría vivir ni un minuto cerca de todo aquello, pero si tú te sientes feliz, me alegro mucho. En todo caso, te advierto que esta cátedra no me disuadirá en mi modo de vestir. – Le di una última sonrisa triunfante.


- Tal vez, pero déjame ayudarte ahora, no quiero que mi mejor amigo pase un mal rato, así que acompáñame y sin chistar, aún pareces un niño mal criado. – Ahí estaba Alma con su instinto maternal, el cual siempre me dejaba en la duda de quién era el protector aquí, si lo era yo o ella, pero al fin y al cabo, no me la estaba pasando nada de mal.


- Está bien, creo poder soportarlo, me alegra tenerte de vuelta, aunque sólo sean unos días. – Mi voz adquirió un tono condescendiente.


Mientras me dejaba conducir por mi amiga, me iba percatando cómo nos miraba la gente, por un lado a ella, que parecía danzar cuando caminaba y por otro la imagen que proyectábamos, que sin duda era digna de comedia. Pero ante todo aquello, ella permanecía impávida, inalterable, como si nada la afectase y siempre con su sonrisa deslumbrante, que irradiaba una paz conciliadora. Al contemplar su expresión, me invadieron un cúmulo de sentimientos, felicidad, ternura, entusiasmo, bienestar, los que me transportaron a un tiempo distinto al actual, a lugares que te deleitaban, me veía un par de años más joven, ¿cuánto tendría?, diecisiete o tal vez dieciocho, vislumbraba mi rostro y percibía cómo me invadía la satisfacción. Y ahí estaba ella, Alma con su amplia sonrisa contándome de sus planes a futuro y de nuestros proyectos juntos, de todo lo que podríamos lograr, prometiéndome que nunca me abandonaría, que juntos dominaríamos el mundo, que todo lo que deseásemos estaría a nuestros pies, viajaríamos a donde quisiéramos, lo pasaríamos de maravilla, visitaríamos lugares lejanos, pero siempre juntos.